«Mírame… soy un cuerpo con huellas, un mapa de cicatrices y memorias. Aquí, en este camarín improvisado, entre latas y fierros oxidados y a la sombra de un estacionamiento mecánico, me preparo para salir. No hay espejos dorados ni luces de teatro, solo la penumbra en escala de grises que revela lo que soy: aveces resistencia y aveces conijo de lo que soy.
El humo de mi cigarro me acompaña como un fantasma fiel -él siempre está, no me abandona-. Se eleva lento, dibujando figuras que se deshacen en el aire, como mi vida misma. Cada bocanada es un recuerdo que se consume o el ultimo rastro de mi aspiración, cada nube es una despedida, pero también un desafío que me hace seguir aquí, como una fragil brasa aún con letargo y carencias ardiendo junto a él.
Escucho los ladridos de los perros afuera. Voces ásperas, ecos de los que en la calle cercana nunca me dejaron en paz. Han sido el coro eterno de mi frágil destino. Aveces aplausos aveces condenas, otras celebración otras juicio. Ahí, aún están los perros que ladran pero que nunca me han mordido entre la sociedad que no sólo ladra sino que me llenó la piel de tanto mordidos. Están toavía los que me persiguen entre los sonidos de la música de mi resistencia.
Y allá afuera, en el barrio pobre, me esperan. No hay teatros ni alfombras rojas, pero está ese público que convierte la precariedad en gracia y atracción. Ellos saben que mi aparición es más que un espectáculo: es un acto de valentía, de dignidad, es un grito contra el olvido, quizas de mi propia necesidad de mi brutal auto olvido.
Si, soy un ser con huellas, ese ser marcado por el tiempo; a veces vencido por la cobardía a veces consagrado en valentía -Para mí cualquier marca se padece como un triunfo-. Saldré de este camarín precario como quien emerge de una caverna sagrada. El humo, los ladridos, la penumbra… todo me acompaña. Y cuando me vean, aunque sea por un instante, sabrán que la fragilidad puede ser épica, que la fugacidad puede ser muchas veces vulnerabilidad pero a la vez inmortal».
